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Ramón Portilla

Ramón Portilla

Madrid, 1958. Entonces era joven, su larga y lacia cabellera rubia le caía casi hasta sus hombros. Llevaba una camiseta de tirantes negra. Le gustaba la fotografía –y las cámaras grandes– y aquel día había salido por El Rastro en busca de instantáneas urbanas. Daba la perfecta apariencia de un extranjero. Fue eso lo que pensaron dos aspirantes a «choricillos» que se animaron a meterle mano al bolsillo y levantarle la cartera. De pronto, el que tenía la cartera se vio levantado en el aire. «Soy de Embajadores, gilipollas, devuélveme la cartera que te mato».


Ramón Portilla es del madrileño barrio de Embajadores. Es valiente. Capaz, como pocos, de hacer que su vida fluya por los rincones que él desea y no por otros. Sin regatear precios, esfuerzos ni riesgos. Mantuvo y mantiene un trato estrecho y continuo con la adversidad. Nació en la carnicería de su padre. Empezó a trabajar, de camarero con trece años. Con diecisiete vivió su primera tragedia en montaña, a la que seguirían muchas otras. Con veinticinco –corría 1982– realizó su primera expedición al Himalaya y cortó para siempre amarras con la seguridad y la rutina. Escalador de referencia en la España de aquella época, Ramón es un tipo que, en ocasiones gracias a su instinto y en muchas otras gracias a los libros, nunca ha cesado de construir sueños que ha ido engarzando con maestría hasta conseguir un mosaico de viajes, escaladas, ascensiones y experiencias que guardan perfectas coherencia y armonía. Porque posee una característica que lo hace excepcional: es incapaz de trazarse un sueño sin ponerse de inmediato a caminar tras él. Ahora está más gordito, como a veces le dicen algunos incapaces de imaginar la energía que lleva dentro. Lleva el pelo bien cortado y, con la elegancia propia de las marcas que vende, mantiene un tono a la vez formal y fiel a su manera de ser indómita, sin formalismos ni aspavientos. Tiene 57 años, vive con Rosa y con su hijo Samuel. Contra viento y marea, mantiene su pequeña tienda en la calle Moratines de Madrid. Y sigue comprando y leyendo libros de montaña como materia prima para elaborar esos sueños con los que da sentido a su vida y a las de quienes tenemos la fortuna de ser sus amigos.


por Juanjo San Sebastián


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