La minería asturiana: Patrimonio Mundial de la UNESCO

[ 06/2010 ]
En la presentación de la guía 25 rutas mineras por Asturias y Cantabria, que tuvo lugar en el Ateneo Obrero de Turón el pasado martes, Ignacio Quintana Pedrós propone a la UNESCO que la singular minería de montaña de Asturias sea reconocida como Patrimonio Mundial de la Humanidad. Reproducimos aquí el texto publicado por la revista La Nueva España.


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Portada del libro-guía 25 rutas mineras por Asturias y Cantabria


En 1972 la UNESCO, Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la Cultura, aprobó una Convención internacional que selecciona y elige unos bienes naturales y culturales de especial importancia y protección. Desde entonces, unos centenares de extraordinarios lugares han sido declarados por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad (World Heritage Site). Las pirámides de Egipto o la Gran Muralla de China, como, en España, los yacimientos de fósiles humanos de Atapuerca o el Palmeral de Elche, son algunos ejemplos. También ha declarado así dos comarcas mineras europeas, Zollverein en Essen (Alemania) y Big Pit en Blaenavon de Gales (Reino Unido), y tiene en estudio la comarca Nord Pas de Calais (Francia). Creo que en la minería del carbón en Asturias, deberíamos intentar que sea reconocida universalmente por la UNESCO, como Patrimonio Mundial de la Humanidad, la singular minería de montaña de la Cuenca Central de nuestra región.

En Asturias se inició en los años treinta del siglo XIX una temprana industrialización en esa Cuenca Central de los ríos Nalón y Caudal, marcada por la explotación de la hulla con sus novedosas y peculiares técnicas de la minería de montaña. Este tipo de minería asturiana, por las peculiares características orográficas de nuestra región, es el más significativo en todo el mundo. Excavando sucesivas galerías horizontales en sus laderas, se buscaba el arranque de las capas minerales de la hulla. Con la primera galería, la inferior, llamada socavón, comenzaba la mina. En el exterior de esa primera galería, como pieza central, se instalaba la plaza. Con sus planos inclinados de tracción por gravedad, al lado de las bocaminas, se coordinaba el transporte del carbón y el de los materiales necesarios para el trabajo. Duró casi cien años la minería de montaña, hasta que, a partir de la segunda década del siglo XX, se inició la minería del pozo vertical que siempre se había desarrollado en otras zonas mineras europeas. Unos profundos pozos de vistosos castilletes, con los que se reorganizaba un aprovechamiento intensivo de las capas de mineral que estaban por debajo del fondo de los valles asturianos.

Actualmente en Asturias, hay importantes vestigios arqueológicos de esa singular minería de montaña, que se complementan con abundantes fotografías históricas de esas antiguas actividades mineras. Esos vestigios se pueden apreciar, por ejemplo, en la zona del Meruxalín del valle de Laviana, con sus veteranas explotaciones de Coto Musel, en diferentes galerías del Sotón, en los socavones Emilia e Isabel del valle de Samuño, en la mina de Urbiés del valle de Turón, en las viejas instalaciones de Hulleras de Riosa, o en los grupos Marianas, Melendreros, Dos amigos, Pontones y Conveniencia del valle de Aller. Un reciente libro-guía del profesor Luís Aurelio González Prieto, 25 rutas mineras por Asturias y Cantabria (Cuenca Central asturiana y Picos de Europa), combina perfectamente la descripción de sus itinerarios, con útiles y hermosas muestras gráficas, acompañados de un sencillo y detallado estudio histórico de las explotaciones más importantes. En las rutas de la Cuenca Central se pueden apreciar tanto lugares muy significativos de esa minería de montaña, como los que, con sus castilletes, se puede apreciar la minería del pozo vertical, con algunos de esos potentes pozos de la empresa pública HUNOSA en pleno funcionamiento.

Al excursionista que está dispuesto a manejar esas 25 rutas mineras, le pido que coja sus botas de senderista y siga la ruta 11, dedicada a las antiguas explotaciones de Coto Musel que he mencionado, esa primera explotación de minería de montaña en el valle de Laviana. Va usted a pisar un mundo antiguo y patriarcal, el campesino, al mismo tiempo que seguirá los pasos de unos "recién llegados", los buscadores de un mundo nuevo, "ruidoso, industrial y traficante": son los mineros de La aldea perdida (1903) de Armando Palacio Valdés (1853 – 1938), asturiano universal y narrador del paisaje de su infancia y juventud. Es una balada triste, un choque entre dos culturas antagónicas que enfrentaban el modo de vida de una comunidad campesina y la minería. Es una novela que usted debe recordar o leer por primera vez, lo mismo, por supuesto, que Germinal (1885) de Émile Zola (1846 – 1902), la novela minera por antonomasia, una epopeya radicalmente moderna. En la ruta 11 de ese libro-guía, encontrará usted en el pueblín de Entralgo la casa natal de Palacio Valdés, una casona rural de dos plantas construida en el siglo XVIII. Esta vieja casa se convirtió, recientemente, en una maravilla: en el museo o Centro de Interpretación de la vida y obra de este autor. Precisamente La aldea perdida, la más hermosa de las novelas de Palacio Valdés y, en todo caso, la más enraizada en Asturias, es el tema por excelencia de este espléndido centro. Algunas de las salas de su cariñosa y útil exposición permanente, llevan los nombres de sus personajes. La denominada "Nolo y Demetria" es la sala del mundo rural. "Plutón y Joyana", los primeros mineros que aparecen en esta novela, es la sala de la minería.

Un grupo de amigos coincidimos en que, tanto el Ateneo Laboral de Turón en el que estamos presentando este libro-guía, como el centro o museo de Entralgo de Laviana que comento en este texto, son dos buenos sitios para reflexionar colectivamente sobre los contenidos del 25 rutas mineras por Asturias y Cantabria, y también sobre la posible propuesta que se incluye en su prólogo: poner en marcha la petición a la UNESCO de que la singular minería de montaña de la Cuenca Central de Asturias sea reconocida universalmente como Patrimonio Mundial de la Humanidad. Un camino que puede ser largo, pero posible, siempre que se movilicen unitariamente las necesarias energías culturales, sociales, sindicales y políticas en torno a esta propuesta.