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26 de Marzo de 2014

La muñeca de Chogolisa, un libro libro de enigmas

por Pati Blasco

La muñeca de Chogolisa, un libro libro de enigmas

Gregrio Ariz, autor de La muñeca del Chogolisa, asegura que por mucho que escribas y recorras hay misterios que no pueden desvelarse, como el de su libro. Pero en esta entrevista Gregorio sí revela sus sueños, su visión tras un recorrido de más de cuarenta años entre montañas y aventuras. Y esa literatura que se inspira en el cansancio de la subida.

En esta entrevista Gregorio nos revela sus sueños, su visión tras un recorrido de más de cuarenta años entre montañas y aventuras. Y esa literatura que se inspira en el cansancio de la subida.
 
¿Por qué el Chogolisa?
El Chogolisa es mi montaña preferida, porque allí viví uno de los capítulos más importante de mi vida. Pero también tengo otras como el Dhaulagiri o simplemente el Ori de mi querido Pirineo.
 
¿Qué te ha llevado a contar ahora una historia que te currió hace treinta años?
Ahora la he terminado de escribir, pero la realidad es que esta historia me venía persiguiendo desde aquellos lejanos años. Ha sido ella la que ha insistido y yo un perezoso.
 
Es la historia de tu vida en las grandes montañas pero ¿dirías que esa muñeca y esa cumbre te marcaron?
La muñeca y sobre todo el Chogolisa me marcaron con fuerza, pero mi vida montañera contiene una variada y amplia serie de vivencias. Necesitaría escribir varios libros para completarla.
 
En el libro se ve que compartiste caminos con algunos de los grandes mitos del alpinismo tanto fuera como dentro de nuestras fronteras ¿Qué te aportaron y cuál dirías que te marcó más?
De los de cerca, admiraba la sencillez y perseverancia de Joxe Urbieta (Takolo), sobre todo por su gran humanidad. También recuerdo a José Mª Monfort y su capacidad para organizar expediciones.
Ya fuera de nuestras fronteras mis primeros ídolos fueron Walter Bonatti y Lionel Terray. Luego conocí a Kurt Diemberger que tanto significa dentro del gran alpinismo y sobre todo a Renato Casarotto, potente escalador y excelente persona.
 
Qué querías contar en La muñeca del Chogolisa.
Esencialmente quería destacar que no hace falta tener ocho mil metros para dar completa satisfacción a la vida de un alpinista. Y que, a pesar de su historia, que he estudiado profundamente, en cien años, solamente 31 personas hemos estado en sus dos cimas. Hasta en eso es especial el Chogolisa.
 
Uno de los grandes méritos del libro es que reflejas muy bien la montaña y su evolución en diferentes momentos históricos y sobre todo aquella época en la que, como dice Juanjo San Sebastián en el prólogo, «La distancia era la misma, pero se tardaba mucho más en recorrerla porque las carreteras, y los coches, eran distintos». ¿Echas de menos la montaña tal y como la conociste?
Las montañas siguen siendo las mismas, los que hemos cambiado somos nosotros y la manera de acercarnos a ellas. Veo el deporte de montaña masificado y las paredes de nuestros roquedos con abuso excesivo de seguros relucientes. En nuestro pirineo las caravanas humanas van en hilera al Aneto, al Perdido. A muy pocos se les ocurre que al lado están las Maladetas, el Soum de Ramond, generalmente solitarios. Se ha perdido el afán de descubrir otros lugares menos transitados y a menudo con mayor atractivo.
 
¿Qué ha cambiado esencialmente de la primera expedición que organizaste al Hoggar en 1971 a las que se viven ahora?
Hay una diferencia abismal. En aquellas primeras expediciones se unía el afán alpinístico al componente de la aventura. Para ir a escalar las montañas del Hoggar tuvimos que recorrer 2.000 kilómetros por el desierto del Sahara, completamente solos y cuando marchamos a Groenlandia nuestra actividad se desarrolló en la isla desierta de Upernivik, subiendo montañas vírgenes como auténticos Robinsones.
Actualmente desde cualquier cima del Himalaya puedes hablar con un teléfono con el meteorólogo que te va a dar la previsión del tiempo y puedes marcar en el GPS la ruta para no perderte en el descenso.
 
Háblame de lo que era la “Casa Paco” en la región del Baltoro.
Casa Paco era un lujo, una exageración de Campo Base, por la comida que llevamos y por el planteamiento de expedición pesada. Vino bien porque aquel año hizo muy mal tiempo y por lo menos nos alimentamos de cuatro estrellas y tuvimos unas relaciones internacionales estupendas. Un día aparecieron tres suizos que acababan de hacer en pocos días tres ochomiles (Hidden Peak, Gasherbrum II y Broad Peak). En casa Paco les invitamos y después del café les sacamos una botella de coñac que nos habían regalado los amigos de “Al filo”. Ellos se bebieron toda la botella sin rechistar.
 
Has viajado con amigos con tu mujer y familia… ¿dirías que la compañía es lo más importante en las expediciones?
Efectivamente, una de las cosas más importantes en una expedición es que esté compuesta por amigos. Por eso hemos visto en alguna ocasión “riña de gallos” cuando se han juntado unos cuantos en los que ha primado el historial alpinístico. En eso he tenido mucha suerte.
 
¿Qué aventura te cuesta más la de la literatura o la de las montañas?
Me cuesta más esfuerzo escribir. Pero para escribir, primero tengo que cansarme subiendo. Es allí donde mi cabeza bulle y retiene las mejores sensaciones para luego transmitirlas. De todas formas gozo con ambas porque se complementan.
 
¿Cuál sería tu libro de montaña preferido?
Mis primeras lecturas fueron Estrellas y Borrascas, de Gastón Rèbuffat y Los Conquistadores de lo inútil, de Lionel Terray, que me entusiasmaron. Me gustó mucho Bájame una estrella, de Miriam García. Actualmente hay mucho y bueno donde elegir. Si tuviera que elegir uno me quedo con Tocando el vacío, de Joe Símpson.
 
Entre un viaje literario y uno real ¿cuál eliges?
El viaje real es imprescindible para dar vida a tus sueños. Al que no puede viajar puede servirle un buen relato.
 
Ahora que has abierto la caja de Pandora ¿tienes otro libro en mente?
De momento no. Más adelante pienso escribir mis memorias, pero no creo que lo haga con la intención de publicarlas.
 
¿Crees que la literatura ayuda a desvelar misterios?
Hay algunos misterios que no pueden desvelarse tan fácilmente. Eso ocurre con La muñeca del Chogolisa.
 
Has viajado por infinitas cumbres y caminos y dices que estás volviendo a los orígenes ¿A qué te refieres?
Quiero decir que empecé a conocer la montaña de manera sencilla, por rutas fáciles a cumbres modestas. La curva lógica de la vida me está devolviendo a los mismos caminos. Y que sigo sintiendo el gozo de pasear por un bosque, con la misma intensidad que sentía al hacer difíciles escaladas.
 
 

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