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18 de Noviembre de 2018

Mujeres alpinistas. mujeres pioneras, mujeres libres

por Pati Blasco/desnivel.com

Mujeres alpinistas. mujeres pioneras, mujeres libres

Que se agote un libro como este y que haya que reeditarlo es una gran noticia, para mí tiene el sentido de esas cuerdas que se rebelan y se extienden creando redes entrelazadas, y habitan las costumbres de otro modo y provocan cambios.

Tener entre mis manos la reedición de  “Cuerdas Rebeldes, retratos de mujeres alpinistas” libro que ganó en 2001 el III Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventuras, cuando aún era un certamen recién nacido y ya era bien atrevido premiando el texto de Arantza López Marugán que cuenta nueve relatos breves protagonizados por mujeres que desafiaron las leyes de sus tiempos y sociedades, para abrirse camino en las montañas del mundo. Y digo atrevido porque pienso que los relatos sobre mujeres quizá no sean lo que más lee el escalador y alpinista general… pero visto que se ha agotado me alegro mucho de que mis prejuicios, como suele pasar con los prejuicios, estén equivocados.



En este original periplo la autora condensa los casi 170 años de montañismo femenino: desde la condesa D’Angeville, quien en 1838 se convierte en la primera mujer en coronar la cumbre del Mont Blanc, hasta la primera ascensión femenina sin oxígeno al Everest, realizada por Alison Hargreaves en 1995. Pasando por Loulou Boulaz (1908-1991), alpinista y esquiadora suiza que hizo numerosas primeras ascensiones en los Alpes, y primera mujer en realizar un intento a la cara norte del Eiger. O la admirada Wanda Rutkiewicz (1943-1992) que ascendió 8 de los 14 ochomiles y fue la primera mujer en subir al K2. O nuestra querida Míriam García Pascual (1963-1990), viajera, escaladora y escritora que con su hermoso libro Bájame una estrella, consiguió crear (ya desde las estrellas) una lectura de culto para todo aquel que ame las montañas y la poesía.
No es un recorrido profundo y exhaustivo por cada una de esas vidas interesantes, privilegiadas y valientes. Pero ese viaje es una puesta en contexto, a través de sus protagonistas, de una época, de un lugar de la mujer en esta historia de montañas, de lo que representa la aventura, de lo que en principio actos que no cambian nada el mundo sino solo el destino de sus protagonistas pueden contribuir a un profundo cambio desde la sacudida, la sorpresa, la inspiración, la alegría… que son, a mi entender, los motores más poderosos para propiciar las transformaciones.
 
Algunas de ellas no son grandes alpinistas en el sentido de que lo que hicieron en su época (subir al Mont Blanc con enaguas y colonias y ayudada en todo momento por guías) no estaba ni de lejos equiparada a la actividad de cualquier alpinista coetáneo, pero sin duda era una aventura mucho más arriesgada e intrépida: la de desafiar los códigos y preceptos de una época.
Cómo dice en el prólogo Juanjo San Sebastián «Las nueve historias que componen Cuerdas rebeldes tienen un común denominador: sus protagonistas poseen, incluso, un mismo género. Pero no son historias, ni épocas, ni personas homogéneas […] aunque todas, en sus distintas circunstancias, debieron enfrentarse a cosas que para sus colegas varones jamás fueron obstáculos: desde encontrarse espacios prohibidos por el mero hecho de ser mujer, pasando por ser menospreciadas por su supuesta inferioridad física, hasta tener que dar explicaciones para pasar la noche fuera de casa, o asumir el ser considerada una mala madre».
 
Hay grandes frases y pensamientos entre estas páginas, pero hoy me quedo con esto que comenta la autora «Las aventureras del XIX viajan por el mundo con sus faldas, sus corsés y todos sus prejuicios sobre el mundo. Son ellas las que se ponen, por primera vez, pantalones bombachos debajo de las faldas, aflojan las tiras de sus corsés y reducen al mínimo los encopetados sombreros de la época. Por entonces, los médicos siguen insistiendo en que los viajes son perjudiciales para la salud de la mujer: el sol, el frío, el traqueteo de los caminos y el peso del equipaje lastima su débil anatomía y, sobre todo, perjudica su capacidad reproductora». Me conmueven que actos tan insignificantes y a la vez tan visionarios de algunas mujeres puedan hacer menearse las conciencias y ensanchar las miradas.

Algunas como la americana  Miriam O’Brien en 1929 llega a la conclusión de que la única manera que tiene una mujer de escalar en cabeza de cuerda es hacerlo con otras mujeres. Y así lo hace con Alice Damesme escalando el Cervino. Qué hermoso privilegio ser dos mujeres en la cumbre del cervino cuando se creía que no eran capaces de escalar por sí solas … qué motivación, que valor, que deseo, que iniciativa.
 
Según la autora «son pocas las ocasiones en las que se ha reflexionado sobre los comportamientos que todavía hunden sus raíces en nuestro pasado más reciente. Por esta razón, las aventuras que a continuación se presentan interesarán tanto a las personas que conocen el medio como a aquellas que desean acercarse a él por primera vez. Es el momento de volver atrás». Es un poco frustrante descubrir que algunos de esos comportamientos que hunden sus raíces en el pasado siguen vigentes hoy en día, cuando leo lo que le sucedía a Alison Hargreaves que era cuestionada constantemente por poner su viada en peligro siendo madre y lo que le respondió a una periodista: «A ningún escalador hombre se le pregunta si es padre o no». Me doy cuenta de lo que el pasado sigue presente hoy. Recogiendo lo que expresa Joanna Russ en el maravilloso libro, Cómo acabar con la escritura de las mujeres «Para comportarse de forma […] sexista y racista y mantener el privilegio de clase […] sólo hace falta actuar como requieren las costumbres, la normalidad, el día a día, la buena educación».

Pues Cuerdas rebeldes habla precisamente de todo lo contrario, de mujeres rebeldes, valientes, decididas que actuaron de manera diferente a lo que requerían las costumbres, la normalidad, el día a día y la buena educación. Y gracias a estas desobedientes aventureras los caminos hacia las montañas se nos hicieron un poco menos escarpados. Fueron lo que les dijeron que no podían ser, y en estas precisas páginas, nos lo regalan. «Una vida no da para cambiar la vida» dicen, pero estos pedacitos de vida, nos cambian un poco y pueden ser una inspiradora cábala para comprender que quienes podemos cambiar el estado de las cosas somos nosotras: las propias mujeres innovadoras y transgresoras y desobedientes encordadas para crear nuevos modelos de vida
 
 
 

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